El caravaggio perdido

Descubrir el Caravaggio perduto es el sueño de todo historiador del arte o de todo anticuario. Las posibilidades de encontrarlo a lo largo de una vida profesional son tan remotas como que te mate un rayo o te toque el Euromillon. Hay poquísimos cuadros por perdidos y millones de buitres con la lupa preparada. Además  no sólo vale la intuición sino que después necesitas encontrar el consenso de la atribución entre los máximos especialistas.

Nunca olvidará Ferdinando Bologna aquel día, en los lejanos años cincuenta, que tras enseñarle a su maestro Roberto Longhi una fotografía en blanco y negro de un cuadro que representaba el Martirio de santa Úrsula sugiriendo con la boca pequeña una atribución a Caravaggio, el profesore esbozó una sonrisa paternal de la que colgaba un pitillo consumiéndose y  le clavó la mirada haciendo que no con el dedo.

El cuadro es raro y se aleja de la iconografía tradicional al representar a santa Úrsula en el momento que el salvaje y demasiado próximo rey huno le clava una flecha en el pecho. Moribunda, con el rostro casi de cera, intenta sacársela hurgando, con las manos, en sus entrañas. Es enigmática la disposición teatral de las figuras en una suerte de desafío de las leyes del espacio propias de la pintura. La obra fue encargada por el príncipe Andrea II Doria y realizada en 1610, dos meses antes de la muerte del artista, y se entregó al procurador de los Doria en Nápoles, Lanfranco Massa, quien por tratar de secar rápidamente el cuadro lo expuso al sol y como el barniz era muy grueso se ablandó en vez de secarse, información que conocemos por la correspondencia del mismo Massa que dice que quiere ir de nuevo “a casa de Caravaggio para saber qué tenía que hacer para que no se estropeara “. Estas vicisitudes explican el mal estado de conservación. El cuadro fue embarcado el 27 de mayo de ese año y llegó a Génova el 18 de junio siguiente para ornamentar las paredes del príncipe. Los avatares de la historia hicieron el resto para convertir la obra de un maestro en anónima hasta que una banca napolitana la compró en 1973 con una atribución a Mattia Preti.

Debatiéndose entre su instinto y su fidelidad al maestro, Ferdinando Bologna optó por la segunda y nunca se perdonará haber actuado así. Sobretodo cuando en 1974 a raíz del Congreso Internacional de Estudios Caravaggistas de Bergamo, Mina Gregori, la única mujer discípula de Longhi y hoy presidenta de su fundación en Florencia, argumentó con sólidos documentos la atribución zanjando el asunto para siempre.

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