Glosar la figura del profesor Milicua en un momento como este no es una tarea fácil: es imposible concentrar en cinco minutos cuarenta años de amistad. De niño la muerte es un insecto que vemos muy a lo lejos pero a medida que nos hacemos mayores es un obstáculo que en días como hoy que no nos deja ver la luz del sol. El azar hizo que conociese la triste noticia estando en el museo del Prado delante de un pequeño óleo, los Desposorios de la Virgen, de Pier Francesco Mazzucchelli, il Morazzone que Milicua había donado y que le hubiese hecho mucha ilusión verlo expuesto. En los últimos veinte años de su vida, Milicua se dedicó casi exclusivamente a la máxima pinacoteca nacional no sólo en su calidad de patrón de la que se sentía muy orgulloso sino como asesor y descubridor de obras maestras, especialmente de La Tour y Ribera joven.

Conocí a José Milicua de niño a través de la amistad que trabó con mi abuelo y mi padre a quienes conoció a través del suyo, don Florencio, anticuario de prestigio. Con los ojos del niño me fascinaba su figura imponente y admiraba lo que decía con su característica manera de hablar pausada y en un tono bajo, inusual entre nosotros, saboreando las palabras siempre bien puestas. Más tarde cuando comencé a estudiar historia del arte a finales de los ochenta en Barcelona enseguida me di cuenta que la presencia de José Milicua era un faro en medio de la niebla. Recuerdo su seminario Como mirar un cuadro, al cual tuve la suerte de asistir en la facultad de Bellas Artes de sant Jordi, donde aprendí que un cuadro es un mundo en condensación. El profesor nos dio la llave para entrar en ese mundo. La personalidad y la vitalidad de Milicua te seducían desde el primer momento y te acercaban al arte estimulando la curiosidad. Sin perder nunca la precisión del científico o del filologo de la pintura que era, Milicua miraba los cuadros de manera lúdica como nadie los ha mirado en nuestro país, disfrutando de la pintura como algo orgánico y cercano, con los ojos de un pintor, siempre comprometido con el hombre  y el mensaje que hay detrás de cada imagen. Me enseñó a descifrarlos y pulió con esmero pero severidad mis escritos siempre recordando el valor del labor limae de Horacio.

Milicua, como pocos, representa los últimos latigazos de la cultura del coneisseur que habla o escribe mientras mira. Una cultura lejana en Italia que viene de Vasari y llega hasta Roberto Longhi al que conoció por azar en Milán en 1951 visitando la muestra de Caravaggio y del que devino el único discípulo español. Para él, como para su maestro, el único dato objetivo está en la obra de arte de la cual salen todas las demás interpretaciones. Más allá de su enorme calidad como docente o como escritor de un lenguaje metaforico de raíz longhiana,- nos ha dejado pocas paginas pero muy buenas- los que tuvimos el gusto de tratarlo de cerca recordaremos siempre sus charlas en privado donde desplegaba un mundo extraordinariamente poetico que iba de lo concreto a lo abstracto, de la precisión en la descripción de los fragmentos del arte al relato de las ideas buscando filiaciones entre los artistas y su tiempo y en relación siempre con el nuestro del que también lo sabía todo. Le interesaba tanto el último hallazgo de Caravaggio como la pintura más conceptual de un contemporáneo suyo. Para él el arte es arte, más allá del espacio y del tiempo. Milicua es el único historiador del arte que he conocido que podía hablar con el mismo rigor y entusiasmo tanto de las uñas negras en los santos de Ribera como de las calidades de escalador del último maillot amarillo del Tour de Francia.

Milicua, un hombre y un nombre por encima de las individualidades de su tiempo que nos deja un legado imborrable: el recuerdo de su magisterio singular y  sabio y las claves para entender el arte como una metafora de la propia vida.