Giovanni Battista Piranesi

Francesco Polanzani
Jo. Bap. Piranesi / Venet. Architectus, 1750
Aguafuerte, 38,5 x 28,5 cm
Aunque nacido en el Véneto, Piranesi fue el gran valedor de la ciudad de Roma. Hijo de un maestro de obras, se formó con su tío, quien estaba al cargo de los trabajos hidráulicos en la ciudad de la Laguna. En Venecia conoció el género de las vedute o vistas topográficas, especialmente a través de Canaletto.
En 1740 llegó a Roma con el séquito del embajador veneciano, y lo que en principio tenía que ser un viaje de estudios acabó en destino. En la ciudad eterna, Piranesi desarrolló su magna obra a través del grabado: como arqueólogo historicista, en L'Antichità del Lago Albano, la Descrizione e Disegno dell'emissario del Lago Albano y la Columna Antonina; como arquitecto visionario, en las Carceri; como cronista de su tiempo, en las Vedute di Roma, y como defensor de la romanidad en Della Magnificenza ed Architettura de' Romani. Solo logró alzar un edificio, Santa María del Priorato, en el Aventino, donde fue enterrado; las demás construcciones las volcó de la imaginación al papel. Murió en Roma en 1778, dejando una obra monumental que difundió y dio a conocer su hijo Francesco.
La influencia de Piranesi fue enorme ya en su tiempo, porque a través de la multiplicidad del grabado su obra se expandió por Europa en una suerte de repertorio estético y ornamental que penetró desde Francia a Inglaterra, especialmente con los hermanos Adam. Su huella llegó también a España, y hay ecos de Piranesi en el joven Goya. Pero fue la modernidad la que mejor recogió su legado, de la literatura romántica al cine, de Dostoievski a Eisenstein.
Su obra grabada sigue interesando a nuevos coleccionistas que se acercan a Piranesi para conocer un mundo, nuestro mundo. Pero sus obras no son tan valoradas como las de otros grandes nombres de la historia del grabado —Durero, Rembrandt, Goya, Picasso—, quizá porque nuestro artista no fue un pintor célebre. Sin embargo, el arte de Piranesi al rascar el cobre con el buril logra las mismas cimas que alcanzan esos grandes maestros y otros que se han acercado al grabado en todas las épocas. |
 |
pablo milicua

Foto: Luis Ros
Nació en 1960 en Bilbao. Nieto de Florencio Milicua, anticuario, y sobrino de José Milicua, historiador del arte. A la edad de trece años, mientras leía un libro sobre El Bosco que le había regalado su abuelo, escuchó por la radio la noticia de la muerte de Pablo Picasso. En ese momento decidió hacerse artista.
Sus primeras influencias fueron Salvador Dalí, el pop art y los tebeos. En su adolescencia creó el Grupo Barroco Psicodélico, junto a Wolfgang Arndt y otros compañeros de estudios en el Colegio Alemán.
Estudió Bellas Artes y se licenció en la especialidad de Pintura. Desde 1983 ha participado en numerosas muestras colectivas, y en 1985 realizó su primera exposición individual. A finales de los ochenta su obra comenzó a tener un carácter más objetual y escultórico, lo que desembocó en sus trabajos de mosaico y acumulación. En 1994-95 disfrutó de una beca de la Academia de España en Roma, donde desarrolló un proyecto de escultura a partir de un proceso arqueológico ficticio de la vida cotidiana. Allí conoció los escenarios retratados por Piranesi dos siglos y medio antes.
Su obra parte de una labor de recolección y archivo de materiales significativos, que después son reordenados en estructuras narrativas mediante técnicas de ensamblaje y collage, en un proceso de destrucción y creación.
Actualmente vive entre Madrid y Barcelona. Trabaja en un proyecto literario titulado La Reconstrucción del Edén y en los Museos Efímeros, un proyecto de instalaciones sobre las ideas de colección y de identidad local realizadas con la participación de otros artistas invitados. El primero de estos museos, el Museo Efímero de Bilbao, ha sido presentado recientemente en la galería Windsor Kulturgintza de esa ciudad. Realiza también una larga serie de collages en torno a paisajes e interiores visionarios, una selección de los cuales se puede contemplar en la actual exposición. |