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Desde la primera vez que contemplé en directo las arquitecturas imaginarias de Pablo Milicua, pensé en Piranesi. Fue instintivo, aunque luego me di cuenta que detrás de esas imágenes existe una misma voluntad: reconstruir mundos fantásticos, arquitecturas imaginarias, y hacerlo a través de un mismo material, el papel. Es verdad que Piranesi grababa sus vistas de Roma a la manera de tarjetas postales para los turistas del Norte que se acercaban a la Ciudad Eterna; al regresar a casa, mostraban una Roma grandilocuente, en imágenes donde los edificios se imponían a los personajes. Los que solo conocían Roma a través de los ojos de Piranesi quedaban desencantados cuando se asomaban a la ciudad y constataban una realidad que no se correspondía con la ficción o el deseo. Algo de esa exuberancia en la proporción arquitectónica se encuentra en estas vistas de Pablo Milicua, realizadas en collage con recortes de periódicos, guías turísticas y libros en blanco y negro. Los fragmentos se superponen a la manera de un rompecabezas para alcanzar imágenes de ensueño. Son torres de Babel de arquitectura delirante, híbrida, en las que unos recortes del Taj Mahal enlazan con las montañas cilíndricas de Montserrat, o un interior del Liceo barcelonés con detalles de la selva amazónica. El diálogo entre arquitectura y vegetación también es propio de ambos artistas. Piranesi, por ejemplo, construye los muros de sillares romanos de la arquitectura de Cora con la ligazón de formas vegetales trepadoras. Es como si la vida vegetal y orgánica se fundiese con la creación realizada por el hombre: ruinas entre arbustos, civilización entre naturaleza. Como a veces sucede, conocí la obra de Pablo Milicua antes que a él mismo. En una de sus primeras exposiciones en Barcelona, adquirí un dibujo de sus años romanos. Entonces supe que era sobrino del historiador del arte José Milicua, mi maestro, y enseguida sintonizamos gracias a una manera similar de entender el arte. Más adelante descubrí esta serie de magníficas vistas y adquirí una para mis sueños imposibles. Después de dedicar varias exposiciones temáticas a Piranesi (1), hacía tiempo que quería confrontar al maestro con uno de mis contemporáneos, aunque a decir verdad pocos podrían resistir el pulso. Pablo Milicua no solo lo sostiene, sino que lo complementa; no solo dialoga, sino que funciona como un epílogo del libro que Piranesi escribió. De hecho, la tradición de la arquitectura visionaria nace mucho antes que Piranesi. La imagen que mejor la fija es La torre de Babel, de Pieter Brueghel, pero la encontramos también en El Bosco o en Patinir, y más tarde en Monsù Desiderio. Esta tradición alcanza su cumbre con Piranesi y después, ya en el siglo XX, el cine —especialmente el Eisenstein de La huelga— profundiza en la especulación sobre el espacio, gracias a las nuevas herramientas de que dispone el séptimo arte. El simbolismo dota a la arquitectura de evanescencia y color, y para comprender esto basta con asomarse al fondo de un cuadro de Gustave Moreau. Dalí se valió también del collage para construir visiones soñadas, lo mismo que hizo Rauschenberg. Más allá de la tradición —siempre recurrente— de las imágenes de arquitecturas imaginarias, en el trabajo de Pablo Milicua que presentamos hay mucho del juego del niño que construye con el Mecano, ensamblando las piezas espontáneamente, atendiendo a un plan general, a una primera idea. En su obra también hay algo de los castillos de arena que construíamos de niños en la playa, una suerte de montañas de Montserrat bonsáis, obras efímeras destruidas tanto por la fuerza de la gravedad como por la naturaleza del mar, que al morir en la costa mataba de paso lo que, como pequeños dioses, habíamos creado. Una tarde lluviosa de mayo, descubrí en el taller de Pablo Milicua que aquellos castillos de arena apenas recordados existían en la realidad, en el palacio ideal construido por el cartero Férdinand Cheval, visionario contemporáneo de Gaudí. O en las torres Watts, de Simon Rodia, en la costa oeste norteamericana, que nunca he visitado. Desde las primeras obras a manera de autorretrato, la exposición que presentamos parte de un juego: la dialéctica deliberada entre Piranesi, artista que constituye un lugar común y un referente, y un creador de nuestro tiempo, Milicua. Entre la obra de uno y otro han transcurrido dos siglos y medio, pero el tiempo no es nunca un abismo infranqueable cuando se trabaja con la voluntad de reconstruir la arquitectura de manera utópica y proponer un nuevo mundo de ruinas y retazos sobre fragmentos del pasado. Después de observar atentamente a ambos, llego a la conclusión que lo que les une se denomina nostalgia.
1 Giovanni Battista Piranesi. 1720–1778, 1990. Roma vista per Piranesi, 1992. Perspectives reals. Perspectives imaginàries. Gravats de Piranesi a Man Ray, 2000. Piranesi clàssic, 2004. Piranesi. Amor per Roma, 2006. |