De niño mis padres y abuelos se vestían de Reyes Magos y me compraban los juguetes en Monforte, una pequeña tienda de juguetes en la calle de la Palla, en pleno barrio gótico, casi esquina con la plaza del Pino. Incluso yo de mayor compré algunos juguetes allí. Cuando celebrabamos alguna fiesta, cumpleaños especialmente, comprabamos los bombones en Farga, un establecimiento que está entre la calle del Pi y Portaferrisa. Casí todos mis libros nuevos los adquirí en Documenta, en Cardenal Casañas y los viejos en la libreria de lance Canuda en la calle que le daba nombre. Todos estos negocios, es de decir, gran parte de mi vida han desaparecido o desaparecerán a lo largo de este año. La siniestra LAU o ley Boyer acabará con el tejido de tiendas que configuran un barrio, espacios que son mucho más que lugares donde uno se abastece sinó que forman parte del paisaje personal e intransferible de las personas.
Serán substituidos por franquicias de chocolaterías, supermercados paquistaneses o tiendas de ropa barata con nombre de fruta exótica.

Vivo en una gran ruina, en un grabado de Piranesi y mi mundo con menos de cincuenta años ya no es el que fue. Miro de seguir los pasos de mi maestro, el gran Seneca: “ni nostalgia del pasado, ni esperanza en el futuro”. Quiero seguir el precepto del gran Horacio: el carpe diem. Pero en mi interior hay una resistencia a tanto cambio. No es que no me guste el cambio que siempre implica progreso sino que me doy cuenta que vamos irremediablemente a peor, a mucho peor. Barcelona ya no es la ciudad con encanto donde yo nací. Hoy es un plató de un mal anuncio publicitario. Aquí en el barrio antiguo los turistas preguntan a qué hora se cierran las calles como si esto fuese Port Aventura. De hecho, lo es. Una mala copia de una gran ciudad. Establecimientos uniformizados sin la más mínima personalidad, sin alma, sin vida. Hemos vendido la ciudad al mejor postor, el dinero que circula en las franquicias del Paseo de Gracia donde los empleados hablan en ruso y en chino. Y el tsunami de las franquicias y los negocios de ropa barata, el imperio Zara, todo lo engulle y lo frivoliza. Se rompen los diques de los negocios con tiempo y solera y se destruyen historias más que centenarias.

Hace unos años lamentaba que Barcelona había perdido sus hoteles y cafés antiguos. La cultura europea se forjó en los cafés y en los hoteles. Hoy nos hemos cargado las tiendas. El próximo paso será acabar con los ciudadanos. Sin ciudad, no hay ciudadanos. En este simulacro de metropolis fashion, de diseño y de cocinitas, sin tiendas y sin cultura, viviran simulacros de personas mezcladas con esta masa ingente y despersonalizada de los turistas, manadas que siguen un hombrecito que lleva un paraguas para que no se pierdan, como las ovejas en el campo. Si fuese más joven emigraría. Barcelona sin sus tiendas tradicionales invita al exilio porqué hoy cierras los ojos y paseas por Portal del Angel y no sabes si estás en Copenague, en Amsterdam o en Lisboa. Todo es lo mismo. Pura nostalgia.