La única vez que se pudieron ver juntos los dos cuadros que motivan el comentario de hoy fue en Barcelona con motivo de la muestra El Greco. Su revalorización por el modernismo catalán (MNAC 1996-1997). El Greco procede del museo de Bellas Artes de Sevilla de donde sale en poquísimas ocasiones mientras el Picasso es de una colección suiza que tampoco lo suele prestar.

A pesar de los tres siglos y medio que separan las dos obras, el diálogo entre los dos maestros a través de un mismo tema era una de las grandes atracciones de aquella soberbia exposición. Picasso transforma el rostro de Jorge Manuel Theotocópuli, hijo de El Greco, en una máscara africana y anatomiza el trazo para hacerlo suyo. Así la mano derecha que sujeta el pincel es muy expresiva o la izquierda que sujeta la paleta y los pinceles parece la pinza de un crustáceo. En la década de los cincuenta, Picasso se interesó en reinterpretar los grandes maestros más que en copiarlos básicamente por dos motivos: para encontrar nuevos temas más allá de la realidad y para poner su nombre junto a los más grandes, sabedor de que ya tenía un lugar en el Olimpo de los máximos genios de la pintura. Los resultados fueron desiguales. Algunos logrados, como las aproximaciones al erotismo sutil de Cranach y otros no tanto, como la serie de las Meninas que donó al Museo Picasso de Barcelona. Aquí, Picasso ante El Greco está en uno de los puntos álgidos en esta revisión. Debió conocer el cuadro a través de una reproducción en blanco y negro en las monografías que sobre el cretense se publicaron en aquellos años. Y lo que sorprende en el reviwal picassiano es la fina línea blanca, casi imperceptible, que recorre la parte izquierda del cuadro y que representa el dorso de una tela en un caballete. Un recurso que debió ejecutar a última hora y que no es para nada arbitrario con la misma pintura blanca con la que trabaja el vestido negro con una línea de serpentina y luego firma. La representación de la tela consigue un doble efecto: convertir al espectador en retratado y reflexionar sobre el oficio de la pintura, una mirada velazqueña sobre El Greco. Además, el malagueño se atreve a hacer algo que sólo pueden hacer los grandes maestros cuando juegan al ping-pong: mejorar la obra de El Greco y convertirla en un Picasso.