Julio Cortázar decía que organizar una biblioteca es un ejercicio de critica literaria. Lo mismo pasa con un museo. Así, parafraseando al autor de Rayuela, organizar un museo sería pues un ejercicio de crítica artística. Desde que Pepe Serra llegó al MNAC hace dos años y medio ha vivido con una obsesión: transformar el discurso del museo para atraer a nuevos visitantes. Sabía que poco podía incidir en las colecciones antiguas sistematizadas por la arquitecta del edificio Gae Aulenti y recientemente mejoradas en disposición e iluminación por el anterior equipo dirigido por Maite Ocaña. En cambio, en las colecciones de arte moderno, las que se distribuyen en las galerías del segundo piso había la oportunidad de cambiar el hilo museográfico y proponer uno nuevo. Para construirlo, Serra ha contado con el arquitecto Juan José Lahuerta. Ahora se presenta el resultado del trabajo conjunto.

Quien se acerque ahora al museo pensado que se ha llevado a cabo una simple operación de lifting en tiempos de recortes se sorprenderá. El resultado es casi una refundación de la parte moderna del museo, la menos conocida internacionalmente. La intervención es valiente y arriesgada. Se presentan 1200 obras de 260 artistas, el doble de las que había con un 60% de obras poco conocidas. Se ha optado por romper el itinerario clásico basado en una lectura lineal de la historia del arte, con su sucesión de ismos y de nombres para ahondar en una lectura más compleja y transversal, sin cánones, temática y cronológica. Lo que importan son las obras sobre los nombres, las imágenes sobre las firmas. Se recorre un breve trecho de tiempo, del Romanticismo al Dau al Set, de Fortuny a Tàpies, apenas dos siglos, con gran cantidad de obras que requieren varias visitas para poder comprender bien los mundos que condensan.

Al visitante actual le sorprenderá el montaje. Los cuadros están colgados muy juntos, creando grupos y no hay casi aire entre ellos. Recuerda más bien la manera como un coleccionista pondría los cuadros en su casa. Quizás detrás de este montaje hay un mensaje: un museo no es más que una colección de colecciones. Aquí las obras se juntan como pasa en los museos-casas decimonónicos o en los gabinetes de curiosidades donde el conjunto suma más que las individualidades. De esta manera se pretende potenciar los grupos sobre las piezas y destacar los aspectos más atmosféricos. Es una manera de colgar singular hoy pero coherente con la visión global, integradora y holística que hay detrás.

El diáfano espacio inicial que concibió Gae Aulenti se rompe en compartimentos para poder albergar obras que dormían en los almacenes del museo. En mi opinión, esta labor de rescate es uno los grandes aciertos de esta propuesta. La incorporación de estos nuevos artistas ayuda a conocer mejor el contexto porqué el arte no sólo lo hacen los grandes nombres. Me gusta que se haya recuperado a pintores que la modernidad mal entendida y prejuicios ideológicos mandó al desván como Julio Romero de Torres o Josep Lluís Sert. Que Martí Alsina tenga más presencia. O la magnífica idea de recuperar a Antoni Fabrés a través de sus pinturas y dibujos excentricos. También que un foco ilumine a una de las pocas mujeres pintoras de las vanguardias, Mela Muter que expone con el gran galerista de las vanguardias históricas Josep Dalmau al que pinta en un retrato extraordinario. O que las cabezas dibujadas en delicados pasteles de Julio González vuelvan a ser expuestas como los interiores de Pere Torné-Esquius y las esculturas de Ismael Smith. Tan bueno como la Muter, es el autorretrato de Pere Daura como brigadista y sus cuadros constructivistas de los años veinte en el “Cercle et Carré” de París que se pueden medir a los de Torres-García. Que se recree el interior de las Galerias Layetanas con los frescos azules de Xavier Nogués tal como estaban dispuestos y que se reivindique el mundo onírico de Ramon Calsina y las esculturas delirantes de Leandre Cristofol, entre tantos otros.

Se recorre la evolución de la obra de arte en el tiempo. Comienza con la ascensión del artista moderno y una representación de retratos y autorretratos (magnífico el de Sorolla). Continua con la Academia y los realismos en modelos y desnudos entre los que destacan los dibujos al carbón de Josep Llimona. Es interesante la parte dedicada a los artistas en el taller con la pequeña pintura de Agrasot que sujeta una calavera como si llevase un bolo. Del artista bohemio se pasa al retrato burgués. La pintura de historia se abre a la Batalla de Tetúan de Fortuny que se acompaña con dibujos del mismo artista.

Uno de los grandes cambios de la nueva propuesta es la dedicada al Modernismo. Al fondo propio se le suma el depósito de la Sagrada Familia y de la familia Jujol. Es interesante este cambio de concepto. Si el románico y el gótico es el momento de esplendor de nuestra cultura visual medieval, el modernismo lo es en la modernidad. El museo lo necesitaba y ayudará a tener más visitas, sobretodo de un público internacional. Después de visitar las obras monumentales modernistas, los millones de turistas que nos visitan encontraran en el MNAC lo que había en sus interiores. Se ha reforzado mucho el espacio dedicado al movimiento y este esfuerzo ayuda a compensar las colecciones y así romper la idea de que es un museo cojo con un gap entre lo antiguo (internacional) y lo moderno (local). Destacan los muebles de Gaspar Homar junto con sus dibujos, las creaciones de Jujol y de Gaudí. En la sala dedicada al miserabilismo es muy interesante la propuesta de presentar de espaldas els primers freds de Blay con la catedral dels pobres de Mir al fondo.

Los espacios dedicados a Paris y Barcelona de 1900 están bien resueltos y se incide en la misma idea de simultaneidad de las diversas artes. Así los cuadros de Ramon Casas, Tándem y Ramon Casas y Pere Romeu en un automóvil para Els Quatre Gats se cuelgan altos acompañados de los dibujos de sus amigos y entre los carteles de la época destacan los de Alfons Mucha.

La Guerra Civil está densamente representada con obras de artistas muy poco conocidos como Jose Garcia Narezo, Fernando Escriva y Helios Gómez, a os que se suman las caricaturas de Ramon Pujol, las esculturas de Jose Antonio y medallones en yeso Josep Granyer. A este conjunto se le suma el soberbio conjunto de bronces de Julio González y refuerza una de las secciones más potentes de la nueva propuesta.

La fotografía va apareciendo de manera simultanea en los distintos ámbitos desde sus inicios hasta los años cuarenta. Destacan los retratos de artistas y de sus talleres como los de los burgueses y los dedicados a los difuntos. Alguna fotografía pintada parece un original. Del siglo XIX y primeros del XX destacan Pere Casas Abarca y Joan Vilatoba y de la Guerra Civil Agustí Centelles. Es justo el homenaje que se le rinde a Pere Català Pic y Josep Badosa.

Me gustan particularmente dos intervenciones. La de incorporar esculturas en los espacios intermedios, de paso, para que el visitante viva la experiencia de recorrer un museo y no un banco. Y las de abrir los patios para poder coger aire y descansar en una visita que es intelectualmente exigente.

Hay, sin embargo, algunos aspectos mejorables. En este intento de rescatar artistas algunos no están a la misma altura y se baja el listón de calidad. Y seria bueno, cuando el presupuesto lo haga posible, unificar los marcos porqué al estar los cuadros juntos se hacen daño y se dispersa la mirada.

Después de más de setenta y cinco años y millones de euros invertidos en obras (desgraciadamente no artísticas) ya no es hora de discutir el emplazamiento del museo en el tejido urbano. Lo que si es momento de creer en el museo. De recorrerlo varias veces, de llevar a nuestros hijos y de buscar nuevas obras como hacemos cuando viajamos lejos. El MNAC es nuestro Louvre, nuestro British, nuestro Met y nosotros debemos ser sus mejores preceptores.