MANOLO HUGUÉ

Evocació, en record de Montserrat Blanch

15th November, 2018 - 25th January, 2019

El primer contacto que tuve con la obra de Manolo Hugué vino a través de un aviso. Un anticuario sevillano me ofreció varias obras procedentes del Marqués de Aracena, gran coleccionista, al que mi padre le había vendido un bodegón de Juan van der Hamen. Poco después conocí la Montserrat Blanch, que era la directora del Archivo Mas, primera fototeca artística del país, a la que dedicó setenta años de su vida, entre 1942 y 2012. Allí estaba siempre al pie del cañón, ante la máquina de escribir, confeccionando el corpus de la obra de Manolo, que publicó en Polígrafa en 1972 y aún hoy no ha sido superada.

Montserrat Blanch no sólo tuvo la gentileza y la generosidad de hacerme conocer Manolo, sus esculturas, los dibujos, algunas pinturas -un mundo del que no he salido nunca-, sino que me presentó Rosa Jordana, la hija adoptiva de Hugué, y Totote (Jeanne de Rochette), su viuda. Recuerdo el Mas Manolo en Caldes de Montbui como un refugio que aún conservaba la presencia del artista. Sobre todo se sentía el amor con que cuidaban las esculturas, que lucían una pátina de caramelo toffee en un ambiente austero y limpio. A ellas, mujeres que habían vivido de primera mano el arte de las vanguardias del siglo XX, les compré el yeso de la Bacante, para hacer seis copias en bronce. También me dejaron publicar los poemas de Manolo que guardaban dentro de un sobre cuadriculado, tal como él los había dejado. Publiqué aquellos poemas (Poesías, Ed. Saturno, 1972), que no sólo son piedras preciosas de su biografía sino que rezuman la esencia de su manera de comprender el arte y la vida, que para Manolo eran sinónimos. Versos inspirados por el clasicismo de su amigo Jean Moréas pero a la vez surgidos de la tierra, como los productos que crecen en un huerto. Daniel-Henry Kahnweiler, marchando del primer Manolo y figura clave de las vanguardias del siglo XX, que se avino a firmar el prólogo de ese libro, dice: «Su arte … se ahora una planta robusta que, a pesar de apo clasicismo, huele a tierra de Cataluña ». Visité Kahnweiler en la Galería Louise Leiris de la rue de Monceau en París. Nunca olvidaré sus ojos grises, que habían sido los primeros que vieron en exclusiva, sesenta y seis años antes, Les Demoiselles d’Avignon de Picasso. Aunque tenía ochenta y ocho años, recordaba con afecto Manolo y le gustó que un joven anticuario de Barcelona al que acababa de conocer diera finalmente a luz aquellos poemas.

El descubrimiento de Manolo fue para mí una revelación que me ha acompañado a lo largo de mi vida. Desde el primer momento quedé atrapado por su obra, una sabia y sutil combinación de rotundidad y sensualidad. Manolo trabaja entre la tradición y la modernidad, mira la realidad a través de los ojos del pasado, transita entre la poética del mundo arcaico y la épica de la vanguardia, sin dejarse atrapar por la etiqueta. Me gustan sus piedras de Ceret, un compendio de la historia de la escultura: de Cluny a Brancusi, de Mesopotamia a Picasso, de Miguel Ángel a Modigliani. Y encuentro que sus dibujos configuran un género propio que no va a remolque de la escultura, como les pasa a muchos escultores cuando dibujan, sino que la complementa. Vivo, de hecho, rodeado de Manolo: a mi sala de estar en casa están colgados sus dibujos y algún óleo, y conservo las esculturas en piedra y bronce. Si una colección es como una matrioska -una muñeca rusa dentro de la cual hay otras de tamaños más pequeños-, la parte de Manolo Hugué es para mí una de las colecciones más preciadas de todo lo que conservo. ¿Por qué? Posiblemente, porque en Manolo encuentro la verdad del arte, la autenticidad; su obra es antagónica de la pomposidad y la impostura.

Curiosamente, en 1972 fue el año Manolo porque coincidieron tres acontecimientos importantes en la recuperación de su memoria: la monografía de Montserrat Blanch, la publicación de sus poemas y la exposición en la Galería René Metras, que se organizó a través de ART-3, grupo del que yo mismo fui fundador.

Una parte de mi carrera como profesional del arte y de mi vida como coleccionista está ligada a Manolo Hugué – conservo, entre dibujos, esculturas y pinturas, una cuarentena de piezas suyas – y, por consecuencia, a Montserrat Blanch. Aunque he tenido la suerte de poder hacer varias exposiciones en la galería, en instituciones y fundaciones que se detallan en esta publicación, lo que más satisfación me da es de haber transmitido esta pasión a otros coleccionistas, manolistes como yo , que formamos una especie de congregación laica apasionada por su figura y su obra; y también de haber conseguido traspasar esa vocación por Manolo a mis hijos, Arturo y Mónica. El Álbum Manolo Hugué que Artur confeccionó con Jaume Vallcorba (Acantilado, 2005) es un testimonio fehaciente.

La exposición que presentamos es la culminación de un viaje y también su compendio. Presentamos un conjunto seleccionado de esculturas, pinturas y dibujos -reunits expresamente para esta ocasión- que explican el arte maravilloso e inclasificable de este hombre humilde y bueno, al tiempo recordamos a quien siempre lo estudió y reivindicó, Montserrat Blanch. Esta muestra quiere ser un sentido homenaje a Manolo Hugué y una manera modesta de agradecer a Montserrat Blanch por su pasión vital y sincera por uno de los grandes artistas catalanes del siglo XX

 

Artur Ramon Picas

Anticuario y manolista