Cómo visitar un museo sin saturarse

LA VANGUARDIA

Cultura|s, 19/05/2018

Días antes de Semana Santa decidí visitar el Museo del Louvre con unos amigos y peregriné con centenares de turistas por las galerías, abarrotadas como el metro de Tokio en hora punta. Con melancolía, recordé que justo un año antes me paseaba solo entre las obras maestras de la Gemäldegalerie de Berlín. ¿Qué sentido tiene un museo hoy? El museo es un invento moderno, hijo de la Ilustración, surgido de las cámaras de las maravillas de finales de la edad media, que tiene mucho de cripta o tesoro de catedral. Traslada los objetos y la magia antiguos al espacio de arquitectura clásica de un edificio moderno, donde a la entrada, con letras capitales esculpidas, se lee MUSEO, palabra para unos mágica y para otros sinónimo de aburrimiento.

Cómo visitar un museo sin saturarse

Durante siglos, los museos se han asentado en la conservación y difusión del patrimonio histórico-artístico. Sus directores han actuado como guardianes de los fondos y como coleccionistas de nuevos objetos para enriquecerlos. Y el museo, como bien intuyó hace setenta años André Malraux en El museo imaginario, es un organismo que no puede quedarse inmóvil sino que debe estar en constante metamorfosis. Las colecciones se modifican con nuevos discursos para atraer al público, el objetivo ya no es la salvaguarda o promoción de sus fondos sino contabilizar visitas. Así, proliferan las muestras temporales, que se venden como una novedad para captar la atención del visitante. Los artistas son marcas, y algunos nunca fallan: Leonardo, Caravaggio, Goya, Picasso…

 ¿Qué sentido tienen hoy los museos en plena revolución tecnológica y audiovisual? ¿Qué papel deberían jugar? ¿Cómo deconstruir su imagen de mausoleos de un arte muerto? Como bien explica Umberto Eco en El museo, ensayo que escribió junto a Isabella Pezzini (Casimiro Libros, 2014), los museos son el punto de encuentro entre los objetos pasivos –las obras– y los sujetos activos, los visitantes, nosotros. No deberíamos poner demasiados obstáculos a esta relación. Las cartelas son necesarias porque informan, pero la mayoría de visitantes pasa más tiempo leyéndolas que contemplando las obras. La audioguía es un arma de doble filo: nos da a conocer el contexto de la obra pero nos limita, no nos deja hablar con quien nos acompaña. Y, finalmente, el móvil nos permite captar con la cámara lo que no logramos retener en la memoria, pero recorta nuestra visión y nos hace estar más pendientes de nosotros que de lo expuesto. El museo tiene algo de refugio, de conversación con las obras, de viaje en el tiempo, y quizá sería conveniente no interferir en ese diálogo. Celebro que el Prado sea uno de los pocos grandes museos del mundo en los que no se puede utilizar el móvil.

En nuestro mundo, el museo produce, según Eco, “escasa información y un goce estético superficial”. Hay muchas formas de recorrer un museo. La más habitual es querer abarcar todo su contenido en unas pocas horas, cuando se necesitarían varias vidas para lograrlo. Al trote y con la lengua fuera, pasas ante las obras como viendo el paisaje veloz que atraviesa un tren y buscas la pieza más reconocible para hacerte una selfie y enviarla a tus contactos: pornografía del yo en la era tecnológica. Hay otras formas de visitar un museo, y la que más me gusta es ir en busca de un solo artista o un solo cuadro en safari artístico. Vas al Prado a ver a Velázquez o Goya, o al Metropolitan a observar cómo evoluciona la pintura de Rembrandt, o al Mauritshuis de La Haya sólo para contemplar la Vista de Delft de Vermeer que obsesionó a Proust. Luego están los museos íntimos, los que más me atraen: el Cau Ferrat en Sitges o el Sir John Soane’s en Londres, el Museu Marés en Barcelona o el Delacroix en París, entre tantos otros. Museos que fueron casas de artistas o coleccionistas que huelen a madera y a tiempo, donde a veces reina el silencio.

Barcelona no es conocida internacionalmente por sus museos. Los museos aquí no están entre las prioridades del homo turisticus, que sólo si tiene tiempo visita alguno; como el Museu Picasso, que, junto con la Fundación Miró y la Tàpies en Barcelona y la Fundación Gala-Salvador Dalí en Figueres, son museos dedicados monográficamente a grandes maestros del siglo XX, algo inusual en el panorama museístico internacional. Catalunya tiene también museos extraordinarios y, paradójicamente, aún poco visitados, como el de Montserrat, el Episcopal de Vic o la Biblioteca Víctor Balaguer de Vilanova, entre tantos otros. Y sus dos grandes buques insignia, el MNAC en arte antiguo y moderno y el Macba en contemporáneo, luchan con pocos recursos por dar visibilidad a sus fondos y muestras.

Si pudiese, cambiaría el mar de Barcelona por el Museo del Prado de Madrid, un océano de pintura, sin duda, la mejor pinacoteca del mundo. A sus fondos extraordinarios –el Greco, el Bosco, Tiziano, Velázquez, Rubens, Goya– se suman además exposiciones excepcionales como la ahora dedicada a los bocetos de Rubens, caviar puro. Pocas ciudades del mundo tienen la oferta que presenta Madrid en el espacio que va de Colón a Atocha: Thyssen-Bosnemisza, Mapfre, Cai­xaForum, hasta llegar al Reina Sofía, trasatlántico del arte mo­derno y contemporáneo, con muestras temporales de muy primer nivel.

Un museo puede transformar una ciudad. Así, hay un antes y un después de la irrupción del Guggenheim en Bilbao, cuyo impacto fue similar al de los JJ.OO. del 92 para Barcelona. No sólo la maravillosa arquitectura de Frank O. Gehry se impone en el skyline de la ciudad, sino que las exposiciones tienen carácter internacional y atraen a un público global. Desde 1977, el ICOM celebra alrededor del 18 de mayo el día in­ternacional de los Museos. Este día ayuda a sensibilizar al público sobre el valor de los museos y al tiempo permite reflexionar sobre sus retos de futuro. ¿Hacia dónde va el museo? No existe una sola respuesta para esta pregunta, pero quizá el mayor reto sea hacer del museo algo visible y necesario en la sociedad actual.

 

Artur Ramon i Navarro

 

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