De Piero a Morandi

per Artur Ramon | miradorarts.com

El tiempo se detuvo mientras miraba un pequeño bodegón de Morandi en Módena. Tres objetos geométricos dejados litúrgicamente sobre una mesa y bañados por la luz del amanecer. Una revelación de objetos cotidianos que comparecían en el altar de Dios para celebrar lo más esencial que tiene la vida.

Me pregunté de dónde venía aquel lenguaje, y la respuesta me la dio el recuerdo de las páginas leídas de Roberto Longhi, el mejor crítico de arte de su generación y un fino estilista. Longhi fue amigo de Morandi –su ensayo necrológico Exit Morandi es antológico– y amaba su pintura refinadamente poética.

En 1926, Longhi publicó una monografía sobre Piero della Francesca que devolvió al maestro de Borgo Sansepolcro al mapa de la historia de la pintura. Un texto juvenil donde despliega su lenguaje elocuente, en el que cristalizan las formas antiguas de Vasari con las analogías visuales de Baudelaire. Reivindica la obra de un maestro de la pintura hoy referencial pero que, en 1926, aún dormía el sueño del olvido.

La gramática de Piero basada en la obsesión por la geometría y la simetría de los colores, la intemporalidad de sus figuras hieráticas y los primeros experimentos claroscuristas que anticipan Caravaggio y Rembrandt no habían tenido fortuna crítica después de su muerte. Se había impuesto la pintura antagónica, la maniera de Miguel Ángel, como telonera del Barroco. La línea del clasicismo de los Carracci y de Poussin, y su prolongación en el neoclasicismo no ayudarían a resucitar a Piero de entre los muertos de la pintura.

El mismo día que Colón ponía los pies en América, Piero moría en su ciudad natal. Así se ponía punto final al Quattrocento. Pasarían casi cuatro siglos y medio hasta que Longhi recuperara el mundo misterioso de Piero della Francesca a nivel historiográfico. Morandi, junto con Felice Casorati, Giorgio de Chirico y el primer Balthus entre otros, lo harían suyo a través de la pintura.

Después, el cine también recordaría a Piero: sólo hay que ver el último fotograma de L’avventura de Antonioni, la pantalla partida en dos como en La flagelación o la escena de la Reina de Saba ante el rey Salomón en el ciclo de la Vera Cruz pintado en las paredes de San Francisco de Arezzo. Como dice el último gran pintor vivo, Miquel Barceló, la historia de la pintura es una piedra plana rebotando en el mar.

 

En la imagen: Piero della Francesca, La flagelación, 1486-1470. Palacio Ducal de Urbino.

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