Cuando yo era pájaro

de Laura Lio

07 mayo 2019 - 26 julio 2019

Nada/Nudos/Nidos

¡Qué cabida tan extraordinaria encuentran los pájaros en las siempre fecundas pinturas de Pieter Brueghel el Viejo! Algunos de sus cuadros —como La caída de Ícaro y Cazadores en la nieve— revelan no ya al incuestionado maestro de la pintura sino también a un prodigioso observador de aves. Y le ocurre como a otros amantes de los pájaros: se vuelca en su consideración, pero en igual medida necesita denunciar las humillaciones a las que son sometidos por los humanos. En su cuadro El campesino y el ladrón de nidos lo hace explícitamente. Esa relación de circunstancias se repite en la obra de otros artistas atentos a los pájaros, como si en el oficio artístico se contuviese el cuidado de lo que el colectivo humano tiene por costumbre atropellar. Hasta cabe decir que tales obligaciones van en aumento con los siglos, que se incrementan según avanza la historia humana y su capacidad de agraviar al menos fuerte.

Salvaremos parte de la distancia que media entre la época del pintor Pieter Brueghel el Viejo y la nuestra recurriendo a un escritor moderno tan destacado en el conocimiento de las aves como William Henry Hudson; y, al poco de introducirnos en la lectura de sus libros, notaremos que si en ellos se hace tan imperiosa la necesidad de delatar la ofensa de los humanos a los pájaros es porque su autor la entendió más urgente que nunca. En Pájaros de la ciudad y la aldea (1919) se refiere Hudson al «milagro de la maravillosa salud de la naturaleza», cuya manifestación más elocuente se corresponde con «la alegría exuberante y profunda que gozan en libertad» los pájaros. Así cabría resumir ese libro, pero ninguna de sus páginas desaprovecha ocasión para advertir acerca del nulo respeto que niños y adultos demuestran por la vida de las aves. Denuncia la retirada del martín pescador y otros animales de los ríos de Gran Bretaña por efecto de quienes los matan con afán de disecarlos. Encuentra palabras con que enunciar su conmiseración al describir el terror de los pájaros cuando se les persigue o se les ahuyenta con armas de fuego, cuando se les acosa en grandes batidas, cuando se somete a cautiverio a los jilgueros silvestres, cuando aparecen cazadores dispuestos a dar muerte a cualquier ave con el solo fin de ejercitar su puntería, cuando relata el sufrimiento de tantos pájaros al ver despectivamente destrozados sus nidos, rotos sus huevos, linchados o torturados sus pichones por humanos, y cuando se detiene en cualquier otro de los muchos actos criminales perpetrados por nuestros semejantes contra esos seres voladores.

Si, en un pasado no muy lejano, Hudson lamentaba la insoportable resistencia de los hombres a honrar la vida de alondras, zorzales, calandrias, estorninos y tantos otros pájaros —sobre cuyos cantos y costumbres escribió páginas impagables—, los esfuerzos de Laura Lio, ya en nuestros días, apuntan a rescatar en primer lugar las alas de un pájaro atropellado en la calzada, para rendirle tributo a continuación mediante el dibujo. La artista, sin ser ajena a la denuncia de Hudson, prefiere acudir directamente a la cura; se vuelca en la restitución de cuantas prerrogativas han de ser honradas en las aves: el cometido del dibujo y la escultura consiste en emular la disposición de las aves para el vuelo y el canto, en impulsar de nuevo un vuelo desde el oficio artístico.

«Con las alas partidas / levantar el vuelo», dicen dos versos de Laura Lio. Exigen cerrar bien las heridas. Así, el ala blanca —compuesta no por plumas, sino por pequeños exvotos que repiten la forma de manos humanas— fue realizada por ella como escultura de pared, dispuesta para un vuelo creativo. La suma de exvotos, de objetos ofrendados con un deseo de sanación, adquiere la pertinente forma de un ala. Los dedos de esas manitas, pegados entre sí como las plumas del ave, se ordenan como bienes protectores: arropan, acarician, calman, equipan para el vuelo, escoltan la travesía.

Algo así como una práctica transformista del pájaro en ángel se conjetura en las cualidades de ese brazo volador. Si las alas de los serafines que flanquean la imagen del Pantocrátor de Sant Climent de Taüll están pobladas por ojos, esta otra lo está por manos. Vuelan los ángeles con las alas por las que perciben. Y la percepción sensible se encarna en órganos plurales: manos que ven, ojos que escuchan, vuelos estáticos. Olivier Messiaen sostenía que la verdadera escuela de música no era el Conservatorio, sino la escucha de los pájaros, y desde el conocimiento de muchos trinos hizo en sus composiciones cantar a ángeles. El empeño de Laura Lio se presta a comparación con el del músico, cuando la artista rinde homenaje al vuelo del pájaro con esa ala omniperceptiva que nos invita a mirar.

El ala es, asimismo, el motivo de diversos dibujos suyos sobre partituras y papel de pentagrama. La serie se titula Alas sobre partituras. Esos dibujos de alas, fragmentos de ala o plumas rehabilitan a la vista el aire sonoro. El aire batido por los remos voladores de las aves y poblado por gorjeos, trinos, cantos y chillidos de esos mismos animales agita el papel. La escritura musical, efectiva o presumible, se funde en esos poemas visuales con el vuelo y la vida del pájaro. Un sonido reparador llena presuntamente el aire en presencia del dibujo. «Los pentagramas se convierten en cuerdas pulsadas por las alas», escribió a propósito de esos dibujos el elocuente arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa.

¡Qué hermoso es entender la composición musical según el dictado de la naturaleza! Entre los collages de la serie titulada Cosas mínimas hallamos dictados musicales de la naturaleza, tan emocionantes como aquel que ordena una partitura en hexágonos concéntricos, y convoca así a abejas arquitectas y a pájaros canoros de una sola vez en el oído humano. En otros collages de esa misma serie emplea cabello: un mechón de pelo, por ejemplo, que se curva sobre un entretejido de papeles de pentagrama. Ese mechón sale del pico de un pájaro, para emular sus trinos. No hay nada escrito sobre los pentagramas entrecruzados, pero el largo mechón, habitante del aire, posado sobre ellos, los hace legibles. Otra de las Cosas mínimas presenta pentagramas rotos que el collage junta, y que se rescatan gracias a puntos de sutura: con ellos se completan las líneas, se anudan los pentagramas.

La hoja de pentagrama luce una hilera de nudos que se leen como partitura. Y cuando, como ocurre en el primer ejemplo de Cosas mínimas aludido, una partitura escrita se pliega sobre sí misma para formar hexágonos concéntricos, sabemos que las notas también requieren de un nido en el que refugiarse y donde criar. Solo una artista formidable, con riqueza técnica y generosidad poética, es capaz de dar cita en el oído a tantos agentes de la emoción visual. Le corresponde un descriptor como el que el ornitólogo Hudson halló para su admirado poeta español Juan Meléndez Valdés: «es hermano del pájaro, la abeja y la mariposa, ama solamente la libertad y la luz del sol». Los trabajos de esta artista aquí reunidos se ocupan de la luminosa naturaleza, sí, que necesariamente incluye al ser humano, pero no del interés humano, que con frecuencia excluye a la naturaleza.

Diversas esculturas de Laura Lio rivalizan o, mejor dicho, hallan consonancia con la arquitectura de los pájaros. Expresamente lo hacen aquellas que adquieren forma de nidos o de colonias de nidos, por cuyas galerías se cuela nuestra imaginación para prestar oídos a un equivalente del «atareado rumor» que nombra Jorge Luis Borges en El Aleph, pues su existencia entre las aves es segura. El conjunto de tres esculturas grandes, selladas ─como panales─ por hexágonos, compite también con la arquitectura animal, y lo hace para prestar protección y cobijar. Pero Laura Lio descarta el provecho del caparazón cuando el modelo de su escultura es la arquitectura humana, como en la casa atravesada por el árbol. En esa pieza, el refugio acoge a la naturaleza, echa raíces, forma cuerpo con los nudos de estas, da paso a las ramas a través de sus muros. Podría entenderse esa casa como pendant de otras construcciones, las blancas esculturas ovoides, cuya forma embrionaria, parecida a la de una enorme semilla, también está hecha para proteger, pero no contiene nada, sino aire para respirar.

Con nada, nudos y nidos, los trabajos de esta artista apadrinan nuestro crecimiento. Una pieza grande, en parte realizada en mimbre, a modo de nasa de pescador, toma la forma del gineceo de una flor de loto y la apariencia de un instrumento de pesca que echar al agua. Se presentan livianos los mayores volúmenes, ricas y compactadas en su sentido las obras más ligeras. Una disposición al crecimiento, al completo desarrollo, fecunda las esculturas. Incluso una escultura puede disponer de un solo elemento compacto al que sigue un desarrollo blando, como cuando se forma con hilos algo parecido a una planta trepadora, o a los pétalos de una gran flor, desde una pieza compacta (¿el vaso de la planta, el cáliz de la flor?). La escultura tiene una especie de conciencia propia cuando toma en adopción las plantas. Las generosas hojas de escayola, tan compactas al tacto, tan blandas a la vista, premian al espectador con la más hermosa conciencia del tiempo. Crean para nuestra imaginación un reloj orgánico que la nutre de crecimiento, de duración y de previsión de pérdida, como nos anuncia la hoja de alambre, al incitarnos a aceptar completo el ciclo de la vida.

En los dibujos de hojas sobre grandes papeles, más que dibujos hay ofrendas. Una es carnosa, la otra frágil. Una vibra, otra tiembla, las dos revelan. La hoja de papel pugna en ambas por espigar íntegramente la hoja vegetal, y lo logra. Con el silbido de un mirlo la ofrenda estaría, si cabe, aún mejor premiada.

Javier Arnaldo

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