El Prodigi

1 octubre - 26 noviembre 2015

El Prodigio: el sueño de la Wunderkammer

Un gabinete de curiosidades es una colección de colecciones, un teatro del mundo. Cada idioma tiene un nombre para estos espacios singulares: en francés se denominan Cabinets de curiosités, y en inglés Wonderchambers; pero me gusta más la contundencia del nombre en alemán: Wunderkammer, sólido, sin fisuras. Estos gabinetes nacieron en la época de los grandes descubrimientos, durante el Renacimiento, se reprodujeron luego en la cultura enciclopédica de la Ilustración y murieron en los albores de la modernidad, cuando encontraron su destino y forma final: el museo. Penetrar hoy en una Wunderkammer es un ejercicio de nostalgia, un viaje en el tiempo a la época en que la curiosidad era el motor de la cultura, del anhelo del hombre por saber. Estos «cuartos de las maravillas» reunían objetos en una suerte de sistematización del mundo en los tres reinos de la naturaleza: animal, vegetal y mineral. Las lamas de parqué crujían al entrar, y en las estanterías de madera convivían especies de historia natural con las orgánicas o minerales y diversos objetos singulares. Si mirabas al techo, te sorprendía el perfil recortado de un cocodrilo disecado bostezando. Nuestro gabinete de curiosidades, nuestro mapa del mundo, lo simboliza hoy Internet, por donde navegamos sin rumbo ni destino, a menudo a la deriva, sustituyendo el conocimiento por la información, la cultura por los datos.

De la misma manera que no hay una sola idea de la naturaleza para cada persona, no hay una sola Wunderkammer parecida a otra, todas son distintas. Cada una es singular y proyecta las fantasías de sus propietarios. Algunas nos han llegado a través de la reproducción fiel del grabado, y al observarlas con detenimiento podemos conocerlas en detalle. Entremos, por ejemplo, en el gabinete del doctor Ole Worm, en la Dinamarca de mediados del siglo xvii, y nos encontraremos en un espacio de horror vacui donde la luz se filtra por la celosía de dos ventanales que parecen salidos de un grabado de Rembrandt. En la pared que queda en medio de las ventanas hay cornamentas de gamos, y del techo cuelgan animales fantásticos. Un esquimal que parece Frankenstein es el guardián de un universo de objetos variados de la naturaleza, donde los fósiles se mezclan con los animales disecados. Hay en estos gabinetes «una especie de humildad ontológica ante la primacía de la naturaleza», como escribió Umberto Eco. Ya desde el siglo xvi proliferaban por Europa las cámaras o cuartos de las maravillas, y entre 1600 y 1740 solo en Ámsterdam había más de cien armarios con objetos curiosos. Museos privados, con muebles que contienen microcosmos en una variedad de piezas procedentes de todos los rincones del mundo, porque la Wunderkammer no es solo un contenedor de la memoria a través de los objetos, sino también un elemento precursor del objeto encontrado, del objet trouvé o ready-made, visionario, con tres siglos de antelación.

El Prodigio nace de la necesidad de construir un gabinete de curiosidades en el siglo xxi. Desde la primera idea de este proyecto, tuve claro que no podía reproducir miméticamente un gabinete de curiosidades antiguo, porque no tenía ningún sentido. Debía adaptar el concepto de cuarto de las maravillas a nuestro tiempo y, por lo tanto, era esencial contar con la complicidad de un artista contemporáneo que trabajase en la misma frecuencia de onda. Pensé en Pablo Milicua, con quien ya habíamos colaborado en la muestra Piranesi–Milicua en 2011 y al que me unen lazos de amistad entre generaciones. Pablo Milicua es un artista del objeto y conoce bien el trasfondo de la Wunderkammer. Habíamos hablado varias veces de llevar a cabo una exposición que actualizase el concepto de gabinete de curiosidades, y Pablo sugirió el nombre de la muestra: El Prodigio. Un prodigio es un suceso (en nuestro caso, un objeto) que no se puede explicar por las leyes de la naturaleza y se cree pensado por un ser superior. Se sitúa entre lo real y lo ficticio, lo natural y lo artificial, la vigilia y el sueño.

El Prodigio reconstruye un gabinete mezclando obras del pasado y contemporáneas de manera transversal e híbrida, casi orgánica. Una fábrica de sueños donde te da la bienvenida el hermano pequeño de King Kong —el mismo gorila que se fotografió con Dalí y Ava Gardner cuando estaba en la jaula de cristal del taxidermista de la plaza Real, en una preturística Barcelona—, para invitarte a entrar a un mundo en miniatura de objetos insólitos, prodigiosos, raros. Se presentan piezas antiguas, como el dibujo del cráneo de cocodrilo de Pancrace Bessa, las Carceri grabadas de Piranesi, el Anacoreta de Fortuny, un plato de engaño o un caballo de vidrio con cabeza de pato, entre otros, al lado de la poética, surreal y misteriosa, de Evru, la ironía de Carlos Pazos, las obras impactantes de Marcel·lí Antúnez, las propuestas intrigantes de Yolanda Tabanera y los objetos conceptuales y collages de Pablo Milicua. Una apuesta transgresora, sí, alejada de nuestra línea habitual, pero necesaria para remover, de una vez por todas, la conciencia anestesiada de nuestro coleccionismo.

Artur Ramon

 

Barcelona

El vínculo con lo local, en un mundo cada vez más deslocalizado, tiene un peso importante en este proyecto. Si Barcelona era bautizada como la «ciudad de los prodigios» por Eduardo Mendoza, la calle de la Palla es uno de sus lugares más mágicos, a pesar de las turbas de turistas que vagan aturdidas en paños menores por la ciudad gótica en la época actual. Los tres artistas locales y contemporáneos seleccionados para esta exposición encarnan, a mi modo de ver, el genio prodigioso y fantástico que, surgido de la rauxa, caracteriza la creatividad catalana.

Enciclopedia de lo inexistente

La colección como acumulación ordenada. La creación de un sistema reiterativo facilita los sistemas de comparación y comprensión. Establece un marco lógico que enmascara y justifica la pulsión de apropiación, de identificación caníbal que subyace en el impulso acumulador.

Otro mundo

El artista, como pequeño demiurgo, crea un mundo especular. La interferencia en el consenso de la realidad causada por la irrupción del otro mundo es la base del prodigio. La interferencia causa extrañeza. El prodigio se presenta como descripción de la naturaleza, pero en él reside la contradicción del artificio. Lo artificial como naturaleza humana. Lo imaginario como representación de la realidad.

Sorprendente

Un niño que sabe. Un burro que habla. El prodigio no hace lo que le corresponde. No se atiene a las limitaciones que lo definen. Hace más de lo que se espera sin esfuerzo. Es lo natural en él.

Híbrido

El prodigio participa de varias naturalezas. Es imposible y contradictorio.

La naturaleza se contradice a sí misma

Lo inquietante natural. El ternero de dos cabezas. El prodigio monstruoso, como desarreglo de la realidad, era entendido por los antiguos como signo premonitorio de la catástrofe. El universo trastornado da frutos incoherentes, excepciones radicales a las pautas observadas que constituyen lo normal. Esos fenómenos eran síntomas de un posible desequilibrio mayor, que podía desembocar en cambios de magnitud cósmica. El prodigio es producto y señal del cambio, del advenimiento de otro mundo, de otro estado de la realidad.

 

Pablo Milicua

 

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