Sin mascarilla: Robar y vender patrimonio

Silla de San Ramón (siglo IX), antes de ser sustraída de Roda de Isábena.

per Artur Ramon | 6 juliol, 2020

miradorarts.com

Ya en el colegio no me gustaban los compañeros que tiraban la piedra y escondían la mano, y con los años he ido detestando cada vez más a los que no van de cara.

Hay personas que ante un micrófono se vienen arriba (el ego florece a la luz de los medios) y no miden lo que dicen y se meten en jardines pantanosos. Le pasó a Doña Araceli Pereda, Presidenta de Hispania Nova, una asociación en defensa del patrimonio artístico. En la entrevista de El País del sábado 8 de febrero declara en titular: “Se sigue vendiendo patrimonio, basta con ver subastas y anticuarios”. ¿De qué patrimonio habla Doña Araceli, qué subastas lo venden, que anticuarios trafican con él?. Quizá debería centrar el debate con ejemplos ilustrativos, dar nombres concretos, porque con su formulación abstracta tira la piedra y esconde la mano, a la vez que difama al mercado del arte español de arte antiguo, y cae en el error de hacer pagar a justos por pecadores.

También leo en los medios que René Alphonse van den Berghe, conocido como Erik el Belga, fallecido el 19 de junio en Málaga, comenzó como anticuario para devenir ladrón y al final mecenas: curiosa evolución. Por encima de todo, fue un delincuente que atentó contra el patrimonio histórico-artístico y luego llegó a un acuerdo con la Guardia Civil para salir de la cárcel a cambio de rescatar las piezas que él mismo había sustraído. Fabulosa historia: es como si uno fuese pirómano y bombero a la vez. Perpetró más de seiscientos atracos en iglesias y museos entre Navarra, Aragón y Cataluña; desmontó retablos y arquetas y mutiló piezas como la silla de san Ramón del siglo XII, tesoro del mobiliario español de todos los tiempos, que en 1979 se la llevó en pedazos (sólo hace falta ver cómo era y como quedó: un revistero en metacrilato) de la catedral de Roda de Isábena (Huesca). También desmontó las veintisiete piezas que formaban con su cruz la Arqueta de Sant Martiriá de San Esteban de Banyoles, una de las joyas de la orfebrería catalana del Renacimiento. Es verdad que luego la policía las fue recuperando con su inestimable ayuda (sólo él podía saber a quién las había vendido), previo pago, pero la arqueta nunca más será la que era antes de la intervención del belga.

La silla de San Ramón, en la actualidad: poco más que un revistero de metacrilato.

Cuando en 2012 publicó sus memorias, con el cínico título Por amor al arte (Planeta), escribí una crítica en La Vanguardia exponiendo sus fechorías y denunciando que su libro estuviese en todas las librerías de los museos del Estado. Como respuesta, van den Berghe me envió un correo electrónico acusándome de corrupto, lo cual viniendo de un ladrón pensé que era una suerte de elogio. Como lo critiqué en vida y pudo defenderse y se defendió, no me importa nada escribir lo que pienso ahora que está muerto. Cuando salió su libro nadie le criticó, a su muerte tampoco. En temas patrimoniales nuestro país sufre una amnesia crónica e incomprensible que explica nuestro substrato psicológico, una rara mezcla de picaresca e ignorancia, que combina lo romántico con lo siniestro. Erik el Belga respondía al patrón de personaje de novela, de vida llena de adrenalina, pero detrás había un saqueador del patrimonio artístico. Cuando, a mitad de los ochenta, salió de prisión convertido en un colaborador de la Guardia Civil, quiso limpiar su imagen delictiva con su aspecto de anciano venerable que contaba batallitas y mostraba sus habilidades de pintor-falsificador. Decía, con un español limado por el francés y su sonrisa sarcástica, que robaba arte para protegerlo de la ignorancia de los españoles, conservarlo mejor y apartarlo de los corruptos anticuarios como yo. Lo grave no es lo que dijo, sino que se lo creyeron todos, desde la Guardia Civil a los rectores de las iglesias que expolió, pasando por los medios de comunicación que en su obsesión por lo frívolo aceptaron al personaje, lo encumbraron sin preguntarse qué había hecho.

«¿Pondría usted la mano en el fuego por todos los anticuarios?»

Alguien como Erik el Belga sólo podía triunfar en un país como España, lleno de obras de arte y vacío de cultura. Fue su coto de caza desde mediados de los sesenta hasta mitad de los ochenta cuando lo detuvieron, veinte años de golpes y saqueos al patrimonio. Los medios lo trataron como a un Robin Hood del arte, fue portada de los mejores suplementos dominicales y entrevistado por televisiones públicas y privadas. Incluso en uno de los lugares donde más daño hizo, Roda de Isábena, en 1995 fue recibido como un héroe y entró en el pueblo con el repicar de las campanas para inaugurar una exposición de sus cuadros de pintor aficionado. ¿Cómo es posible? Desde el Lazarillo de Tormes nos gusta la picaresca y nos reíamos de cuanto ignoramos. Somos así y no cambiamos.

La Arqueta de Sant Martirià de Sant Esteve de Banyoles (segle XV) antes de ser sustraída por Erik el Belga.

Una vez el periodista Josep Cuní me preguntó en la radio: “¿pondría usted la mano en el fuego por todos los anticuarios?” Y le respondí con otra pregunta: “¿Ud. la pondría por todos los periodistas?” Ya está bien que los anticuarios sean siempre los sospechosos habituales. Los hay buenos, malos y regulares como en todas las profesiones. También sería un detalle que alguien contase de una vez por todas que muchos anticuarios recuperamos a menudo parte del patrimonio que otros mal vendieron, expoliaron y robaron. Bastaría con acercarse al sector y conocerlo antes de juzgarlo con la ligereza del necio. Por cierto, no he oído ninguna declaración de Doña Araceli sobre Erik el Belga. Me extraña.

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