Alfredo Castaneda

De lo real

novembre – gener 2009

EL ORO Y LA REALEZA
CARMEN VIRGILI

Quizá la obra más original y representativa de Alfredo Castañeda sea el Libro de horas (poesía y pintura), publicado en 2005 en la tradición de los manuscritos medievales. Se trata de 52 composiciones pictóricas —tantas como semanas tiene el año—, cada una de ellas acompañada de su correspondiente expresión verbal, es decir, de 52 poemas de aparente sencillez, traducidos en imágenes que el lector debe interpretar. Así, encontramos desde Hora para escapar hasta Hora de callar, pasando por Hora con el ángel guardián, Hora de perdonar y florecer, Hora con el profeta, Hora sólo para amar…

Pintor poeta en la estela de Blake, Castañeda crea un lenguaje artístico propio para introducirnos en un mundo pictórico profundamente poético, ya patente también en los sugerentes títulos de sus obras mas conocidas: ¿En dónde quedó la primavera?, A veces comprendemos algo, En el lugar de los abrazos, ¿Qué te pasa, buscador de tesoros? Tal vez vencido en la victoria, Diálogo entre dos poetas disfrazados de aves…

Títulos evocadores que dan vida a imágenes poderosísimas, imágenes que no son meras ilustraciones, sino la difícil concreción pictórica y formal de una idea, de un estado de ánimo, de una situación… Pintor de su propia visión poética, Castañeda no rechaza el calificativo de «ilustrador» con que lo tachó peyorativamente un crítico poco perspicaz al principio de su carrera; al contrario, lo reivindica. Ya en su momento (1982) respondió a ese comentario con una exposición individual en la Galería de Arte Mexicano, titulada precisamente Ilustraciones, para la cual realizó una serie de óleos y dibujos, cada uno de ellos concebido como ilustración de un libro ficticio, aún por escribir. Sus títulos son siempre profundamente significativos, y nos permiten contemplar su obra como una aventura interior, como una búsqueda de sentido en un mundo absurdo y lleno de paradojas, como un peregrinar en pos de una verdad que se nos escapa.

Nos hallamos sin duda ante un pintor que, además de escritor, es gran lector de textos místicos, de Ramon Llull y san Juan de la Cruz —ambos influidos por la mística sufí y la Cábala, que los árabes aportaron a la cultura hispánica—, hasta Ibn Arabi y su inspiración en la antigua Persia, con sus visiones de la «tierra intermedia, donde los espíritus toman cuerpo y los cuerpos se espiritualizan…»

Conceptos que Castañeda recrea con títulos tan enigmáticos y evocadores como El lugar de los abrazos o Donde se cruzan todos los caminos, títulos en los que late un anhelo de comunicación, de salvación, en último término. En una ocasión él mismo declaró que su pintura es religiosa, ya que en sus cuadros hay dos elementos constantes: su propio yo, o alter ego (que a veces puede tomar la forma de una silla, o de una manzana), y el vacío que lo rodea, sea campo, oscuridad, mar o infinito. Una religiosidad muy personal, por tanto, que se plasma en el poema Hacerme invisible, con el que encabeza el catálogo de la exposición que presentó en Nueva York en 2007.
Ese anhelo de búsqueda a partir del vacío ha llevado a Castañeda a interesarse profundamente por sor Juana Inés de la Cruz, la primera gran poeta de América, que en el México colonial creó una obra de enorme riqueza y diversidad. De esa obra destaca Primero sueño, un poema metafísico de mil versos, en la tradición de Góngora, en el que relata la aventura del alma en busca de conocimiento, exaltando la riqueza de la vida interior. Castañeda discrepa de quienes consideran ese poema demasiado intelectual, casi nihilista, y defiende que en él sor Juana Inés llegó a relacionar la belleza con la verdad, partiendo de la gnosis pura. En su cuadro Sueño de Sor Juana, el pintor la recrea en una imagen bellísima, en la que resaltan sus ojos diáfanos, iluminados.

Quizá sean esos los ojos más bellos que ha pintado este gran pintor de ojos, quien me confirmó que lo primero que termina en un rostro es la mirada, con la que de hecho descubre y construye al personaje. Es decir, que empieza el rostro por los ojos, ojos de su alter ego, que a veces se bifurcan o se multiplican para contemplarnos con una resignada sonrisa, o con una expresión inquietante… Ojos que nos obligan a buscar dentro de nosotros mismos esa verdad que se nos escapa y que, según Castañeda, «no se encuentra fuera, sale de dentro».

A pesar de esa marea de ojos y de haber participado en la exposición Los surrealistas en México (1986), en el Museo Nacional de Arte, y representando a México, junto a Leonora Carrington y Alberto Gironella, en la exposición internacional Der Geist des Surrealismus (1979), en Colonia, Alemania, no se puede considerar a Castañeda un surrealista en el sentido ortodoxo. Los elementos de sus cuadros, que parecen ciertamente surgidos de un sueño, no se yuxtaponen al azar, ya que poseen una gran coherencia interna. La extrañeza y melancolía que producen no es de naturaleza onírica, porque lo que se representa no son auténticos sueños, sino los sueños de un hombre en estado de duermevela que se interroga y nos interroga desde el vacío, a veces con tres pares de ojos, a veces desdoblándose en varios personajes… El miedo, la angustia y la soledad impregnan algunas de esas imágenes, convirtiéndolas en amenazadoras pesadillas.

Fiel a sí mismo y a su insobornable trayectoria, Alfredo Castañeda presenta hoy la muestra De lo real, una exposición de obra inédita bajo un tema común: el oro (lo único auténtico, que no se puede reproducir, hay que usar panes de oro…) y la realeza, lo real. Juega con esos términos y nos remite a la respuesta de Cristo ante Pilatos: «Soy Rey y para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad». La respuesta de Pilatos («¿Y qué es la verdad?») queda flotando sobre los cuadros, mientras el artista prosigue su incansable búsqueda de la verdad y la belleza y nos ofrece una de las obras más originales y auténticas del panorama artístico actual.