Piranesi / Milicua

Arquitecturas visionarias

Juny - Juliol 2011

Cuando alguien imagina un edificio, generalmente lo ve desde fuera. Visualiza su fachada, su aspecto y contornos, su relación con el paisaje que lo rodea, el cielo recortándose sobre su tejado, enmarcando torres y cúpulas.

Piranesi no. Él está dentro. Piranesi se halla en el interior del edificio, a la vez que el edificio está en el interior de Piranesi. No se trata de un objeto externo a él, sino de un espacio que le rodea. O quizás él mismo es ese espacio. Tal vez por ello, su más famosa serie de obras se define como Cárceles (Carceri). Prisiones de las que no puede escapar sin dejar de ser Piranesi, cárceles que son Piranesi, en el angustioso bucle onírico de quien vaga por el laberinto eterno de su propio edificio interior. El edificio gigantesco de la propia mente del hombre.

En sus Vistas de Roma (Vedute di Roma), Piranesi describe el interior de una memoria que le rodea, en la que vive, de la que vive. Imágenes de una época dorada y primigenia del turismo y la arqueología, donde las ruinas de un pasado colosal y sobrehumano conviven con la pequeñez insignificante de lo cotidiano.

El vestigio de una realidad mayor y más significativa, transmutado por el tiempo y la naturaleza, constituye el tema de las imágenes. El atavismo no es destruido por el olvido. El tiempo es un escultor lento, que se vale de la naturaleza para su obra. La ruina está modelada por la intemperie. El recuerdo, por el mito y la extrañeza. El resultado no es la reliquia del pasado, sino la evidencia de otra realidad que aún permanece. Una realidad mayor y más verdadera, anclada en un tiempo que pasa con lentitud. Por encima de nuestros propios sueños.

Similares a tarjetas postales, en su época estos souvenirs metafísicos ilustraron la novedad de un redescubrimiento. Hoy, dos siglos y medio después, estas vistas son la memoria de una memoria, un proceso mental que cobra una perspectiva de lejanía casi mágica.

Las ruinas de la Roma antigua que describe Piranesi no son las que han visitado hordas de turistas en los siglos xx y xxi, aunque los referentes físicos, los propios monumentos, parezcan ser los mismos. Lo que él nos muestra son recuerdos profundos, realidades de otra época sobredimensionadas, gigantescas, que emergen en el presente de modo irreal y turbador. La antigua Roma de Piranesi es freudiana, psicoanalítica, profunda y enorme. Ruinas y vestigios son concreciones físicas de un recuerdo mítico semiolvidado pero latente.

Las piedras que contemplan los turistas actuales son acumulaciones escenográficas de cartón piedra. Los monumentos que dibuja el buril de Piranesi están hechos de sueños, de la materia alucinatoria e idealizada de la visión fantástica, una materia más real que la propia piedra.

El escenario de las ruinas es un teatro sobrecogedor. Las gigantescas estructuras de la gloria romana se funden en un magma de rocalla y vegetación, como organismos carcomidos que se levantan en un grito de silencio. Cada detalle en las ruinas grabadas por Piranesi se refleja de un modo exhaustivo, perfectamente definido, en una descripción minuciosa y visceral. Los cuerpos ruinosos de los monumentos muestran a la vez sus estructuras exteriores e interiores de manera descarnada, lo que prefigura el impudor de las imágenes anatómicas que poblarían las enciclopedias en el siglo siguiente.

Pero estos cuerpos, similares a las osamentas fosilizadas de monstruos antediluvianos, no están muertos. De ellos surge una densa pelambre de zarzas y arbustos que demuestran su vigor. Las montañas artificiales y laberínticas que conforman las ruinas son fértiles e hirsutas, salvajes y naturales, pese a ser un vestigio de la más alta civilización y cultura.
Por entre las ruinas pululan hombrecillos, como insectos dedicados a un devaneo absurdo. Alzan sus bracitos gesticulando, se agitan en una excitación que se contrapone a la solemne inmovilidad de las ruinas gigantescas, que viven una lentitud sobrehumana, vetustas y lejanas. Otros se sientan cabizbajos, como si quisieran fundirse con las piedras que les rodean; estas resultan tan ajenas a esos bichitos, que se hace difícil llegar a pensar que un día lejano fueran levantadas por seres similares a ellos.

La apoteosis de lo fragmentario, en una escenografía visionaria que va más allá del tiempo. El carácter onírico o fantástico que adquieren sus descripciones hiperdetalladas sitúa la obra de Piranesi entre las de aquellos artistas —como El Bosco, Brueghel, Moreau o Cheval— que constituyen referencias directas en el desarrollo de construcciones paisajísticas y arquitectónicas mediante la técnica del collage.

Pero en mi opinión el mayor interés de la obra de Piranesi reside sobre todo en su dominio gráfico del blanco y negro. Lo que en su caso viene dado por un empleo magistral del rayado del buril y la utilización de los ácidos sobre la plancha de imprimir, en mi caso intenta ser remedado por el pirateo directo de las fotografías impresas en offset de libros geográfico–turísticos de mediados del siglo pasado.

La lejanía idealizadora del blanco y negro viene dada ya por el material de partida. Un material que es descendiente directo del que vendía Piranesi en su tienda de la Plaza de España de Roma; allí se establecieron algunas ideas clave de la memoria nostálgica del souvenir como imagen trascendente que juega entre lo real y lo imaginario.
Por todo ello, acepté con entusiasmo la propuesta de Artur Ramon que me da la ocasión y el honor de enfrentar mis collages con los grabados del maestro Piranesi en esta exposición.

Pablo Milicua